martes, 6 de diciembre de 2011

El orgullo cegador

Todos tenemos una tesis sobre el mundo. La filosofía es polemizar sobre estas tesis que todos tenemos. Entendemos el mundo lo mejor que podemos, pero no podemos cambiarlo para mejorarlo; no podemos polemizar con el mundo. Polemizamos con los demás, porque creemos que el otro ha mal digerido, ha malentendido el mundo. Polemizamos con los demás porque queremos restablecer el adecuado conocimiento del mundo; creemos que el otro piensa mal, y queremos que el otro piense bien. No podemos cambiar el mundo, pero creemos que podemos cambiar al otro, que podemos mejorar el conocimiento del mundo. Así se expresa la filosofa Michele Le Doeuff, y es citada por la filósofa Celia Amorós. Mi tesis, orteguiana, es que cada uno tenemos una perspectiva sobre el mundo, inválida en sí misma; solo el conjunto de perspectivas nos dicen cómo es el mundo percibido. Pero esto no es un relativismo. Lo que quiero decir es que si Dios se ha revelado no puedo conformarme con mi exclusiva experiencia personal de Dios, necesito formarme e informarme, dejarme guiar por quienes han seguido el Camino Cristiano antes de mi. No soy el primer creyente, ni quien tiene un mejor canal de comunicación con Dios. Por muy especial que yo sea para Dios, como la oveja perdida o como el hijo pródigo, sería un orgullo cegador creer que no tengo nada que aprender de mis Hermanos mayores (Abraham, Moisés, San Pedro, San Pablo y todos los santos de la tradición cristiana, el magisterio... incluso para alguien protestante sería una manifiesta soberbia creer que no tiene nada que aprender de Lutero, Calvino, etc). No creo que se pueda escuchar a Dios sin abrir el corazón a lo que estos Hermanos han dejado escrito.

¿Dios ha muerto?

Hoy en Misa el sacerdote ha vuelto a citar una frase que es muy conocida por los filósofos: "Dios ha muerto". Evidentemente la respuesta más sencilla dentro de una homilía es negar dicha afirmación y continuar adelante. Pero a mi me ha recordado algo que pensé la última vez que escuché esto. Antes de recordarlo empezó a sonar por accidente la canción franciscana que dice: "al atardecer de la vida, me examinarán del amor". Vuelvo emocionado a mi recuerdo. Resulta que estamos en adviento, esperamos recordar el misterio de Dios hecho Niño. A veces lo más evidente nos pasa desapercibido, como decía Zubiri. Ese Niño-Dios se hizo adulto y murió crucificado: Dios murió crucificado. Se hizo hombre y los hombres lo mataron, a los suyos vino y no le recibieron. (Mas a todos los que le recibieron...). El loco del Zaratustra tenía razón, pero se quedaba con la realidad cuaresmal. Los cristianos somos hijos de la luz e hijos del día, del día Pascual. Dios murió y resucitó, y haciéndolo permitió que quienes vivíamos muertos y ciegos pudiésemos resucitar juntamente con Él. La muerte no es el final sino la puerta de la eternidad, y aunque ahora nos preparamos para el Nacimiento creo que no debemos olvidar que lo que hace especial este Nacimiento es que quien nació nos entregó la gracia de no morir jamás, de renacer. El camino para vivir, para nacer y para renacer es el Amor, que será al final la medida de nuestra vida.
Feliz Adviento.