miércoles, 10 de diciembre de 2008

De la originalidad



«Está el papel en blanco» y «me enamoro», la dificultad de la escritura y las sensaciones propias del afecto: dos de los mayores tópicos que se encuentran en las letras. Pero este no es mi tema y a la vez sí lo es. Resulta que hace meses que pienso en escribir sobre la fatuidad que se esconde tras todo intento de ser original y único.

Y no solo fatuidad sino que, en el tópico de querer ser original, se esconde el riesgo de la infecundidad; es decir, por una parte, el deseo de ser original es lo menos original del mundo, y por otro lado, este deseo puede llegar a impedir toda obra creativa.

¿Qué género de dudas asaltan al creador? Ninguna en tanto que creador, todas en tanto que proyecto de creador.


Resulta, por una parte, que todos y cada uno de los hombres que habitamos, hemos habitado, y habitaremos, este planeta somos únicos e irrepetibles. Dice bien el enamorado cuando se expresa afirmando que no hay nadie como su amada; y es así porque es cierto, pero tampoco hay nadie como quien va sentado a su lado en el tren, aunque no haya pensado en ello. Quizá esta sea la diferencia: que nadie es capaz de pensar continuamente en la unicidad de todos aquellos que le rodean, ni siquiera en la suya propia, y en el valor infinito que ello le concede, pues realmente todo es irrepetible, incluso este instante.

Y de aquí proviene la segunda afirmación, y es que quizá el ansia de originalidad nace del deseo de expresarse uno a sí mismo «tal como es», o dicho de otro modo, dejar la propia huella, marcar el territorio, exaltar lo propio, la propiedad: no lo que tengo sino lo que soy, apropiarme de mí mismo, dándome, mostrándome tal como me veo a mí mismo. Es decir, nos encontramos ante el tema tan manido, de nuevo, de la expresión.

Hubo una vez alguien, que se parecía mucho a mí pero que no soy yo mismo, que escribió que enamorarse es exagerar excesivamente las diferencias entre las personas. Yo niego esto, pues enamorarse es amar, o sea, que es una acción, un ejercicio, y no una proyección, es algo creativo y no una mera contemplación. ¿Por qué quien pretende crear algo original se inventa la necesidad de alejarse de toda influencia ajena? Así alguien a quien yo conozco se irrita si le recomiendo tal o cual lectura para inspirarse, y también se ofende si algo que escribe o proyecta escribir se me parece a tal o cual lectura que ya he realizado. ¿Por qué le importa a los que proyectan crear tanto el qué y tan poco el cómo? Enamorarse es una cuestión de modos y no de contenidos, a pesar de que siempre haya un qué, y también a pesar de que este qué sea algo poco original. ¿Es menos fiel a sí mismo, a su propia expresión, quien busca compañeros en su tarea de escritor?¿Es menos original cuando ama quien sabe que no es el primero ni el último que ama? Nunca dejará de ser original quien realmente se enamora, quien actúa, quien ama creando y crea amando, quien lo vive como algo propio y así hace algo irrepetible.

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